Snail and Vole

A story by Katharina Lamprecht

A vole watched a snail, which dipsy-doodled along a path and asked her: “Why do you crawl so arduously back and forth? Doing that it takes you much longer to get forward”. The snail sighed. “That’s true, but I always look on both sides of the path for something to eat. When I´m on the left side I keep thinking, that there might be better food on the right. When I´m on the right side I think the same and therefore go back to the left. I´m always afraid that I will overlook some yummy greens”. The vole understood perfectly. “I´ll help you. I´m a big taller than you are and walk in the middle of the path, that´s a good lookout. You can stay on the right side and in case I see something worth coming over to the left, I´ll let you know”. And in this way they went on. The vole saw many lush and juicy herbs on the left side, but it didn’t say a word. Because now, giving all her attention to just one side of the path, the snail found enough treats. After a while, as the snail discovered that she found enough to eat, she thanked the vole for the help and went on by herself. Just following her path.

El lobo de mar y el lobo de madriguera

Antaño el lobo de mar recibió visita del lobo de madriguera. Ambos se conocían ya de la escuela de lobos. Después de terminar la escuela el lobo de mar había salido para recorrer medio mundo, había superado muchas aventuras y al final había regresado rico de tesoros y de vivencias.
El lobo de madriguera se había quedado en su propia cueva. Había encontrado a una loba de madriguera y habían tenido pequeños lobos de madriguera. Mientras tanto tenían muchos nietos y bisnietos de lobo y todos se habían hecho verdaderos, buenos lobos de madriguera.
“A veces deseo poder recomenzar mi vida”, dijo el lobo de madriguera al lobo de mar.
“A mí me pasa lo mismo”, contestó este.
“Haría de otra manera muchas cosas”, dijo el lobo de madriguera.
“Sí, yo también”, contestó el lobo de mar.
“Sería marino”, soñó el lobo de madriguera.
“Yo me casaría”, suspiró el lobo de mar.
“Superaría aventuras”, declaró el lobo de madriguera.
“Engendraría hijos de lobo”, constató el lobo de mar.
“Yo sería un lobo rico. Habría hecho experiencias malas y lindas de las que podría contar”, se apasionó el lobo de madriguera.
“Tendría nietos y bisnietos que me quisieran y que cuidaran de mi cuando me pusiera viejo y enfermo”, sostuvo el lobo de mar.
“Y ahora estaría sentado contigo en esta guarida de lobo de mar”, continuó el lobo de madriguera.
“… y yo contigo …”, le interrumpió el lobo de mar.
El lobo de madriguera confirmó: ”Y entonces me dirías ahora: ’A veces desearía que pudiera volver a vivir otra vez.’ Y yo contestaría: ‘Sí, a mi me pasa lo mismo’.”

(Por Stefan Hammel, traducción: Bettina Betz)

Two cactuses

Another story by Katharina Lamprecht

“This is awful!”, one cactus complained, “My thorns are so long that no animal dares to come near me. No lizard, no bird not even the tiniest termite! I feel so lonely”.

“Why are you complaining?” the other cactus answered, “Mine are so weak and thin and soft that I cannot defend myself at all. No animal shows me any respect. The lizards climb all over me and tickle me with their little feet and the birds dig their claws so deep into my flesh that it hurts. I hate it”.

“You are a lucky one”, the first cactus replied, “I would give my roots for an experience like that. Imagine, feeling all that life on oneself”.They went on complaining and lamenting in this way to each other for a while. But suddenly they had a wonderful idea: they would swap their thorns so that each other could get the feeling they wanted. And for a short time, both were happy. One, to feel the birds and lizards and the other to enjoy peace and quiet. But that didn´t hold on for long and soon each began to complain again. They felt their new lives to be exhausting or boring and they longed for their old lives. So they swapped their thorns back. But again, after a short period of contentment they began whining again as before.

Then one day the wise old snake came along and rested for a moment in the shade, the two cactus casted. She listened to the two of them, complaining away, and suddenly she whispered “instead of wailing to one another you better learn from one another”. And with these words said, she slithered on.

The cactus thought about these words for three days and three nights. Then they began to try and find out, how they each managed to let their individual thorns grow. When they knew how to do that, each started to explain and teach the other how to do it. After some practice they knew precisely how to grow strong and how to grow weak thorns. And the more they experimented the better they became and the more colorful and different their thorns got.

Now they were able to keep a perfect balance between peace and quiet and lively action. And for the wise little snake they created a thornless and shady space right between them.

Coger zarzamoras

Cuando era niño, a menudo ayudaba a mis padres en el jardín. Me acuerdo de como mi padre me instruyó a cosechar zarzamoras: “Toma una mora en la mano y tira un poco de ella. No fuertemente, solo un poco. Si está madura, cae en tu mano por sí misma. Si no se suelta por sí misma, déjala. Todavía tiene un sabor agrio.”

El vuelo del águila

No sé si ya alguna vez hayas visto un águila. Claro, en el parque zoológico, pero en eso no estaba pensando. Si uno ve un águila en el zoológico, esa parece sin ganas, cansada y medio dormida. ¿Pues qué debería hacer? Un águila fue creada para volar, y eso no lo puede hacer en una jaula, en todo caso no verdaderamente. Lo que a mí me impresiona de las águilas es su fuerza y como la manejan. Se podría pensar que un ave tan grande también aleteara fuertemente cuando vuela. Pero eso no le hace falta a un águila. Traza círculos en el cielo, y aunque solo pocas veces mueve sus alas, puede subir hasta que la perdemos de la vista. ¿Cómo es que el águila sabe que es capaz de volar? Si un semejante animal pudiera hablar – creo que no empezaría a cuestionar la existencia del aire antes de ponerse a volar. Las águilas no necesitan pruebas. A ellas les basta de ser sostenidas. El resultado les sirve de prueba.

Un ángel para el camino

En el siglo anterior, en nuestra región vivía un hombre que era conocido por los milagros que sucedieron a menudo en su cercanía. Personas que habían sido declaradas incurablemente enfermas se recuperaron después de que él había rezado por ellas.
Ese hombre tenía una costumbre especial. Cuando se despedía de alguien, solía decir: “Te mando un ángel para que te acompañe en el camino.” Mucha gente se extrañaba de eso. Por un lado ya en aquel tiempo había muchas personas que no creían en ángeles. Y entre los otros había algunos que podrían haber dicho:” ¿Cómo puede mandar a los ángeles? Es que los ángeles sólo obedecen a dios.”
No sé si eso sea correcto. Incluso tengo dudas, si la gente que dice tales cosas en realidad entiende lo mínimo sobre los ángeles. Pero sé que mucha gente, que habían visitado a ese hombre, volvía a casa llevándose una paz profunda. Y desde ese mismo día se sentía amparada. Por eso me da igual lo que piensen los otros si ahora te digo: “Te mando un ángel para que te acomp

Margarita y Lucía

En la rendija de un muro vivían dos lagartijas, Margarita y Lucía. Lucía estaba todo el día echada en el muro tomando sol. Margarita pasaba la mayoría del tiempo buscando insectos para sí misma y para sus hijos. Cuando veía a Lucía echada en el muro, se enfadaba.
“¡Tú cómo gastas el tiempo! Si fueras lagartija decente, por fin te preocuparías del bienestar de tus hijos. ¿Qué es lo que haces todo el día allí arriba?” Lucía pestañó y dijo: “Recupero energía. De esta manera sí que hago algo para mis hijos.”
“Lo veo diferente”, gruñó Margarita. “Y un día te llevará el águila ratonera o el halcón.”
“Esperemos a ver qué pasa”, opinó Lucía y se desperezó en el sol. Margarita prefiría buscar presa en la sombra de los arbustos bajos. Pasaba mucho tiempo cazando hormigas. A menudo parecía cansada. Su vida estaba cada día más amenazada: Ya no tenía nada que contraponer a la rapidez de los gatos y a la de las comadrejas.
Los hijos de Lucía se volvieron fuertes y despabilados, todo como ella misma. Pronto empezaron cogiendo las arañas más gordas, los cárabos más rápidos y aun grandes libélulas. Pero lo que les gustaba lo más era echarse en el muro al lado de su madre y estirarse a la luz del sol.

La brizna de pasto en el desierto

Un hombre estaba atravesando el desierto. Al rededor de él no había nada más que arena, piedras y rocas, el cielo azul reluciente y el sol ardiente. En la mitad de su camino se le ocurrió descansar y buscó un lugar adecuado. Un poco lejos del camino encontró un peñón que le podía ofrecer sombra durante su descanso. El hombre se acercó. Al llegar vió algo raro: En la sombra de le roca crecía una brizna de pasto, de hecho.
“¡Qué sorpresa! ¿De dónde vienes tú?”, le preguntó el hombre. Después se rió de si mismo:
“Estoy tan solo que empiezo hablar con la hierba. Será mejor examinar de donde viene ella.”
Excavó la plantita de la arena y la puso al lado cuidadosamente. Después empezó a cavar más y más profundamente. Aunque no tropezara con un manantial brotante, en ese lugar el suelo estaba verdaderamente mojado. Cuando el hombre de nuevo se puso en camino no olvidó de reponer la brizna en la tierra mojada. Con unas piedras construyó un pequeño muro para proteger la planta contra la desecación por el viento caliente del desierto. Después siguió caminando.
Al regresar pasó por el mismo lugar. Por supuesto miró si su pequeña planta estaba viva. Se alegró mucho: La brizna se había vuelto en un verdadero pequeño manojo de hierba. El hombre cavó un poco más profundamente y llegó a una parte aun más mojada de la tierra. Con un pañuelo, dos palos y unas piezas de cuerda, que había traído para el regreso, mejoró la protección de su planta contra el viento.
Muchos años después un amigo del hombre tuvo que atravesar el mismo desierto. Entonces le pidió a su amigo: “Pues mira qué fue de mi planta – si todavía existe.” El amigo se lo promitió. Cuando éste volvió del viaje le contó: “Tu manojo de hierba se ha vuelto en una pequeña pieza de prado. Otros viajeros han encontrado el lugar. Han subido el muro y puesto más palos con pañuelos. Alguién ha cavado un pozo y lo ha cubierto con una pieza de cuero. Al lado del pozo crece una hermosa higuera . En sus hojas canta un grillo.”

Everything Else

In a land in our time there lived a man, who read a book and found lots of wonderful stories therein. There were true and invented stories, experienced and pensive, enjoyable and painful stories. There were stories which contained stories, and such which were actually not stories. For every story he read, there occurred to him nearly five which he had either experienced or thought up himself. So the thought came to him, that a lot in the world was a story which could be healing for himself and others; he only needed to absorb the healing stories well and to forget the terrible ones immediately. Then he would learn which story he had used when and for what. So he organised his own stories which he knew, and which had become a help to himself and others, or could become so. Sometimes he noted it down when a new story came to his ears and sometimes when a helpful story occurred to him, he memorised it.

Then he saw before him in a picture the storystories of this life arranged in long shelves, as in a large pharmacy. And behind the counter there sat a man who had learnt to listen to himself and others. He was a master of his subjectspecialty. His talent was that he understood how to tell the right thing at the right time to himself and to those who visited him.

Ludwig

I was still a child. But even if I had been older, I would not have been able to say how the carp might have explained his peculiar journey. Some friends of mine had played a trick on him. They secretly fished him out of his pond by night with a net. They carried him in a bucket for kilometers through forest and field. The swimming pool in my parents’ garden was supposed to be his new home. I must admit: we were pretty astonished when we saw him swimming his rounds in the pool water.

It was in September. The water was no longer chlorinated. There was no longer much competition between fish and man, and so Ludwig, as we named him, was allowed to stay for the time being. Winter came, and with it a thick layer of ice. But with the coming of spring it was time to change the water. Ludwig had survived the winter well. The family council decided to bring him home. Once again, Ludwig was loaded into a bucket. An empty paint bucket was the biggest suitable container we found. We brought him through the forest and fields back to his friends and family. Ludwig turned his circles in the bucket. Pretty small circles, because Ludwig had grown over the winter, and an old paint bucket is no mansion for such a carp. Aside from that, he sloshed out more than half the water along the way. But finally we were there. A swing of the bucket and Ludwig landed again in his pond with his old acquaintances. What he did then surprised us: Ludwig swam his rounds there, indeed so, as if he found himself not in his pond, but in a small bucket. He swam six or seven circles, with a circumference of not even half a metre. Then the circles became a spiral, first narrow, then wider and wider. Finally Ludwig realised where he was. In one long, straight line, he shot out of his bucket carousel.